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Malas noticias / Su Tragedia Fue La De Los Demas / His Tragedy Was That of the Other

معرفی کتاب «Malas noticias / Su Tragedia Fue La De Los Demas / His Tragedy Was That of the Other» نوشتهٔ Jordi Torrents در سال 2011. این کتاب در فرمت epub، زبان es ارائه شده است.

Chapter One El silencio urbano de un domingo por la mañana se rompe con un sonido, una música que aumenta de forma progresiva. Vida. Mucha vida. Euchrid Troy enfila la calle manchada por el primer sol y se detiene ante la puerta de la iglesia donde tantas veces ha entrado antes. Hoy, no. Dolor, angustia, sufrimiento, muerte, piensa. Dentro, efervescencia, espiritualidad, incluso con puños levantados estilo black power. Soul vocal, unas gotas de blues y mucho, mucho gospel, oración con ojos abiertos. Pero Euchrid ya no cree en un Dios bondadoso. Cree en uno que produce monstruos, criaturas que circulan por las carreteras secundarias de la vida, en silencio, y que dirigen miradas inyectadas en sangre hacia las vías principales, demasiado cómodas, demasiado fáciles. Pobres diablos, viven engañados. Euchrid cree que ha llegado el momento de salvar vidas con la muerte, de liberar, de vaciar las cada vez más llenas carreteras secundarias. A lo lejos, observa la estela blanca y difuminada de un avión, un trazo de tiza rugoso que atraviesa nubes y divide el cielo en dos. Los viajeros creen que el avión se mueve, aunque Euchrid piensa que están equivocados; en realidad, se mueven las nubes y hasta el paisaje. No pilota nadie. Viajar no sirve para ir a alguna parte. No es más que una huida de nosotros mismos. Un intento inútil. Entramos en un armazón de plástico, pasamos unas cuantas horas suspendidos en el aire, el mundo se recoloca y volvemos a él pensando que nos hemos movido. Euchrid, con la mano a modo de visera, entrecierra los ojos y sonríe con cierta malicia. "Voy a liberar muchas de esas vidas perdidas", piensa. "Sí, Dios ha dado vida, pero también la ha quitado y amenaza con seguir haciéndolo de la peor manera posible: imponiendo su razón, transformando seres normales en hipócritas, en mentirosos, en realidades oscuras alejadas de sus imágenes públicas. Más que espíritu –sigue pensando Euchrid– el hombre es barro, y Dios prioriza su castigo, su sacrificio, su derrota, su expulsión, su esclavitud. Es por eso que Dios habló con voz atronadora. Es por eso que no quiso tener nombre. Es por eso que su nombre hebreo significa Yo soy el que soy . Sin más". Y Euchrid vuelve a pensar en su propósito. Liberar. Matar. En nuestras vidas predominan medios tiempos, gotas tímidas de lluvia que resbalan en un presente brillante, en un pasado tenebroso, en una doble vida de secretos, de apariencias, de mentiras, de medias verdades. Podemos esconder en recovecos de realidad aquellas asperezas internas, aquellos sentimientos mal filtrados, docenas de silencios a punto de estallar. Miradas al mundo con la intención de contarlo todo. Las trastiendas del alma engullen al otro, al mal, al lado oscuro del que nadie escapa. Cualquiera puede aparentar ser una buena persona. Es cuestión de peinarse y hablar bien, de ceder el asiento a una persona mayor en el autobús, de aplicarse con delicadeza unas estratégicas gotas de perfume en el cuello y las muñecas, de llevar una máscara que bebe de las fuentes clásicas de la comedia y la tragedia, de anudarse bien la corbata y sonreír. El mal es una línea muy, muy fina. Traspasarla, aunque sea en silencio y con la complicidad de las tinieblas, es muy sencillo. Euchrid sigue ante la iglesia, aturdido por un sentimiento doloroso. La iglesia es una gran nave industrial reconvertida, donde en el suelo todavía se observa la pintura que delimitaba maquinarias y columnas. Fuera, un gran cartel de láminas blancas con cajetines para colocar letras, de esas como de Scrabble, y una imponente cruz, encima, receptora de reflejos de sol. En el cartel pone Templo de la Pradera. Ora o conviértete en preso . Mensajes. Sólo mensajes. Euchrid decide continuar calle arriba cuando ve que alguien de la iglesia, folleto en mano, intenta acercársele. Chapter Two Un escalofrío recorre siempre su piel cuando suena la parte en que Eddie Vedder, con unos brazos abiertos y mesiánicos, espera impasible el fragmento más álgido de la canción; entonces, las manos del cantante agarran con rabia el micrófono y escupe un grito atávico, surgido de lo más profundo de su alma. Cualquier tema de Pearl Jam, en especial Rearviewmirror , hace que Euchrid junte los labios, suba el volumen del equipo de su coche al máximo y, de reojo, observe a los demás conductores para ver sus caras de sorpresa ante su progresiva transformación, una metamorfosis que, en realidad, ofrece una de sus muchas caras. Épica, adrenalina, miles de brazos levantados, las venas del cuello a punto de estallar, cabellos enganchados por el sudor del rostro. La polvareda de la pista por la que hace unos minutos que circula ha aislado aún más cualquier sensación de vida más allá del interior de su coche. Al borde del camino, una piel de serpiente, reseca y dorada, y el rastro de un frenazo en la nada. Espejismos que hacen temblar un horizonte resquebrajado por afi lados rayos de sol a ras de suelo. Euchrid Troy mira otra vez el mapa. Casi ha llegado, por lo que deja el coche a unos trescientos metros. Un simple giro a la llave acalla de repente la rabia de Vedder, y mientras una nube de polvo convierte el Chevrolet en prisionero momentáneo de una bruma arenosa y cálida, revisa unos datos, pasa la mano con suavidad sobre la cubierta de una vieja Biblia, se ajusta el nudo de la corbata con ese gesto tan estereotipado como inútil de levantar la barbilla y mover el pedazo de seda de un lado a otro y coge su maletín. Los Ángeles. Otoño de 2007. Otro día para cumplir con su trabajo. Y con su misión. Sólo debe esperar unos minutos. Ella debe de estar a punto de llegar. Cynthia Giacometti, secretaria de dirección en una multinacional de refrescos, entra en casa aún deslumbrada por los brillantes anuncios de neón de Sunset Boulevard, aunque los haya dejado atrás hace varios kilómetros, y emocionada por los recuerdos que le trae haber escuchado un CD de Pat Benatar en su Grand Cherokee. Deja caer el manojo de llaves en ese cenicero horroroso que su hijo hizo un día de la madre de algún año lejano, lanza al aire su habitual "Hola, cariño" –frase típicamente masculina, pero de su propiedad en un hogar donde su marido trabaja desde casa– y recoge del suelo un puñado de cartas que, extrañamente, Fred W. Baker, diseñador gráfico para otra multinacional, aquel día no ha clasificado por temas y destinatarios encima de la cocina de la mesa, al lado de una ristra de cargadores de teléfono móvil, iPod y agenda electrónica. El tictac del gran reloj del comedor le llega lento, pesado, con una cadencia áspera que a Cynthia no le da buenas sensaciones. Demasiado silencio. Demasiada paz. El sonido del timbre de la puerta la sobresalta. Ante ella aparece un hombre alto, con traje negro y camisa negra, pero con corbata blanca, además de unos zapatos Lotusse blancos y negros. Parece recién salido de una película de mafiosos, de esas de voces susurrantes, honores familiares y baños de sangre en una trattoría, aunque con una expresión agradable en el rostro. Cynthia sostiene la puerta con ambas manos, sin acabar de abrirla y mirando más allá de la figura del visitante. Le extraña no haber oído el sonido de un coche y, de hecho, tampoco ve ninguno ante el porche. –Buenos días, señora. Su marido ... –Parece que mi marido no está en casa. –Lo sé, señora. Cynthia se sorprende de su propia reacción, ya que la desconfianza inicial desaparece en un par de segundos. –Pase, pase ... –Ante todo, quiero que sepa que su marido la ama –dice él con una taza de té de naranja y canela humeante entre sus manos. –¿Por qué me lo dice? –contesta Cynthia, confiada a pesar de encontrarse ante un personaje surgido de la nada y del que ni siquiera sabe a qué ha venido. "En cualquier momento me intentará vender una colección de libros o un apartamento compartido", piensa. Fred W. Baker se casó en 1980 con la chica rubia, de gran sonrisa y grandes lazos en los vestidos de tul, que todos querían como pareja en el baile de fin de curso; compró una gran casa de porche blanco con balancín, canasta de baloncesto y buzón alargado con banderita, y tuvo un hijo, también rubio y de gran sonrisa, ahora convertido en un famélico tiburón con tirantes y camisas a rayas con cuello blanco al servicio de un gran bufete de abogados, de placa dorada y varios apellidos incrustados en ella. Pero Fred W. Baker nunca fue feliz. Su día a día se deshacía como un terrón de azúcar y su aislamiento voluntario –trabajaba desde casa y vivían alejados de Los Ángeles, en una zona ya predesértica– se había transformado en una mirada vacía hacia una línea dibujada con timidez en ese horizonte resquebrajado. Piel de serpiente reseca y dorada. Frenazo en la nada. Euchrid explica a Cynthia que Fred ha muerto voluntariamente, y que por eso está él ahí. Le parece vulgar hablar de suicidio. Fred no quiso que ella lo encontrara con un tiro en la sien y rodeado de un charco de sangre; ni colgado de una soga en una de las gruesas vigas del comedor, ni estirado en la cama con un par de botes vacíos de barbitúricos a su lado. Cynthia no reacciona y se limita a acercarse la taza de té a la boca, aún humeante. Sopla un poco y toma un sorbo. Silencio. Ni siquiera oye el reloj del comedor. La capacidad de sufrimiento disminuye cuando más plácida y perfecta parece tu vida a los demás. Nunca le reveló a Fred cómo, pero Euchrid apareció de la nada y contactó con él para prepararlo todo, para encargarse de darle la noticia a su mujer. Vivía para eso, le comentó, para ayudar a los demás a dejar de sufrir. De hecho, Euchrid había consultado un informe médico de Fred, robado en el hospital, en el que se detallaban sus ataques de ansiedad y su propensión a una posible depresión. Acaba con esto, le dijo Euchrid, y yo se lo explicaré a tu mujer. Debes dejar de sufrir, y ella también. Fred escogió una mañana poco fría y deambuló durante horas, pensando sin pensar, dejando que su mente se empapara de una bruma pastosa, amorfa. Había dejado su ordenador abierto, con el diseño de una nueva lata de cola a medias y varios correos electrónicos parpadeando y exigiéndole ese proyecto, que llevaba dos días de retraso, que el cliente se estaba poniendo nervioso y que si no estaba dispuesto a terminarlo que lo dijera, que su actitud era intolerable, que ya le encargarían el trabajo a otro. A otro. Fred se obsesionaba con la idea de otro, de alguien que existía ahí fuera con una vida quizá paralela a la suya, con una casa quizá igual de cálida, con una esposa quizá igual de perfecta, con un trabajo quizá igual de apasionante y con unos correos electrónicos quizá igual de amenazadores y que planteaban la posibilidad de encargar el trabajo a otro. A otro. Entonces, él volvía a ser el otro. En realidad, Cynthia no conocía a Fred W.Baker a pesar de llevar 27 años de matrimonio. Y ahora, estaba muerto. El paseo de Fred acabó ante un embarcadero medio abandonado al final de una playa al este de la bahía de Santa Mónica. Allí, destapó un frasco de somníferos. Siempre le habían gustado los frascos de pastillas; eran diferentes a los demás, compactos, manejables, agradables al tacto y con un tapón que se podía abrir con una sencilla pero precisa presión con el dedo gordo. Mover un frasco en la palma de la mano siempre ha sido un juego de esos automáticos, que ayudan a pensar. O a no pensar. Fred se los tragó todos y se sentó con los pies colgando al borde de un embarcadero de madera que crujía con el simple rozar del viento. Miraba sin mirar, y cuando notó un cierto mareo, una sensación de bienestar se adueñó de él; Cynthia le sonreía y daba vueltas mostrándole su nuevo vestido azul pastel, tomando la falda con las puntas de los dedos. Fred se limitó a abalanzarse hacia delante y dejarse engullir por una tímida ola que tal vez unos minutos antes había salpicado a algún niño en la arena o había mecido la soledad de un velero. Ernest Hemingway tomó un día la decisión de no sufrir más y no permitir que los demás sufriesen por él. Su escopeta de caza hizo el resto. Fred conocía esa historia. Y la hizo suya. Euchrid le convenció de que Dios le había traicionado y había permitido un sufrimiento como el suyo. Decidió liberarse, remediarlo. Euchrid lee a Cynthia una carta de su marido. Así, ella tampoco ha tenido que encontrar un sobre a su nombre apoyado en la repisa de la chimenea ni leer en silencio una información que merecía algo más. El texto es algo cursi y entrecortado: Fred se limita a pedir perdón por su adiós y repite una y otra vez que la decisión de morir es suya, de nadie más. Cynthia solloza casi en silencio, con el rostro entre las manos y un lloro ahogado, amortiguado por el pudor de desnudarse ante ese extraño. Euchrid termina de leer la carta, la dobla con cuidado y la vuelve a introducir en el sobre, con una solemnidad monástica. Ella sigue llorando, con lágrimas discretas, con una puesta en escena casi mística, respirando el silencio. Euchrid se levanta, pasea por el comedor y se sitúa justo detrás del sofá de Cynthia. Con la punta de los dedos, le roza el pelo mientras cierra los ojos y toma aire profundamente. Ella sigue llorando. Él le acaricia la cabeza y con la otra mano le acerca a la boca un pañuelo empapado en algún líquido. Cloroformo. Cynthia no tiene tiempo de reaccionar. Nota una sensación embriagadora, dulce, mezclada con el olor que desprende Euchrid y con el del té de naranja y canela, que parece haber impregnado ya toda la casa. Euchrid nota en su mano la calidez de las lágrimas y la presión de esa cabeza que, ahora, empieza a decaer, como cuando se entra en un sueño suave y que llega casi por sorpresa. Con la lengua, se humedece los labios, traga saliva y sigue meciendo esa cabeza durante unos segundos, con la mirada puesta en un cuadro de la pared. En él, hay unas flores esparcidas en el suelo de una especie de granja. Mustias. Euchrid se toca la punta de los dedos, movimiento habitual, un acto reflejo en su caso, antes de hacer saltar los cierres de su maletín con un clic muy suave. Con un minimalismo pausado, acaricia un revólver que preside un primer compartimento envuelto en un trapo de terciopelo rojo. A su lado, un silenciador y munición. En la parte inferior guarda el cloroformo, somníferos y pequeños frascos con distintos tipos de veneno, así como un alambre muy afilado, un cuchillo de hoja muy fina, un estilete y unos guantes de seda. Los guantes no son para no dejar huellas, eso lo tiene solucionado de otra forma. Son para añadir precisión y suavidad a alguna de sus misiones. Cynthia yace en el suelo, con una belleza cautivadora que ofrecen su mano inerte, sus labios entreabiertos y ese olor dulzón del té que sigue envolviendo la escena como un padre afectuoso. Euchrid opta por el revólver; con precisión militar lo empuña, lo abre de un golpe seco, comprueba que está cargado y lo vuelve a acariciar mientras se lo acerca a la mejilla para notar el contacto del acero frío como la muerte. Acopla el silenciador y busca un cojín para amortiguar aún más el disparo. Sólo uno. Directo a la sien. Ese sonido seco, áspero, es el final. Euchrid aparta el cojín y vuelve a acercar sus dedos al rostro de Cynthia. Sus ojos han quedado medio abiertos. Con un leve movimiento Euchrid se los cierra del todo, deslizando una mano por toda la cara, un gesto que su padre hacía con él mismo cuando era pequeño. La expresión de la mujer no ha variado, aunque un hilillo de sangre, un suspiro de humo y un intenso olor a pólvora delatan que por fin se ha liberado. Del dolor. De la vida. De su cárcel. (Continues...) Excerpted from Malas Notícias by Jordi Torrents Copyright © 2011 by Jordi Torrents. Excerpted by permission of Thomas Nelson. All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher. Excerpts are provided by Dial-A-Book Inc. solely for the personal use of visitors to this web site. Un Asesino En Serie, Sin Rostro, Sin Pasado: Euchrid Troy Decide Matar A Personas Con Vidas Vacías Para Liberarlas De Lo Que él Considera La Crueldad De Dios, Al Que Culpa De Permitir La Muerte En Un Trágico Incendio De Su Familia. Euchrid Finge Su Propia Muerte. Un Detective Jubilado Del Fbi, Sean Fischer, Es El único Que Sospecha Que Euchrid Puede Ser El Asesino Sin Rostro. Pero Nadie Le Cree. Nace Así Un Thriller Que Atrapa Desde El Primer Momento. Es Un Cara-a-cara Entre Perseguidor Y Perseguido, Entre El Bien Y El Mal, Una Road Movie Novelada A Través De Desiertos, Grandes Avenidas, Oscuros Callejones Y Dos Vidas En Busca De Redención.
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